Tú eres y Tú serás

Publicado el 9 de agosto de 2026, 10:44

¿Sabías que Pedro, uno de los discípulos más conocidos de Jesús, originalmente no se llamaba Pedro?

Su nombre era Simón.

Sí, el mismo hombre que caminó sobre el agua, que sacó una espada y cortó la oreja de un hombre intentando defender a Jesús, que aseguró que jamás lo abandonaría y que, pocas horas después, lo negó tres veces.

Antes de ser conocido como Pedro, era Simón.

Y hay algo fascinante en la historia de su primer encuentro con Jesús.

Andrés llevó a su hermano Simón para que conociera a Jesús. La Biblia dice que Jesús lo miró y le dijo:

“Tú eres Simón, hijo de Juan; tú serás llamado Cefas (que quiere decir Pedro).” — Juan 1:42

Detengámonos por un momento en esas palabras.

“Tú eres Simón…”

Jesús reconoce quién está delante de Él.

Pero inmediatamente añade:

“…tú serás llamado Pedro.”

En otras palabras:

Tú eres… pero tú serás.

Jesús estaba hablando de algo que todavía no había ocurrido.

Pedro significa piedra. Sin embargo, cuando seguimos leyendo su historia encontramos a un hombre que muchas veces parecía cualquier cosa menos una roca.

Era impulsivo.

Tenía miedo.

Hablaba antes de pensar.

Un día mostraba una fe extraordinaria y otro día dudaba.

Prometió permanecer junto a Jesús aunque todos los demás lo abandonaran y, cuando llegó el momento más difícil, negó tres veces conocerlo.

Imagino lo que pudo haber sentido cuando escuchó cantar aquel gallo y recordó las palabras de Jesús.

“¿Cómo pude hacer esto?”

Quizás pensamientos como:

“Fallé.”

“No soy quien pensaba que era.”

“Después de esto, ¿cómo voy a volver a mirarlo?”

“No soy capaz.”

“Arruiné mi oportunidad.”

“Ahora tengo que vivir con las consecuencias de mis decisiones.”

No sabemos exactamente qué pensamientos pasaron por su mente, pero sí sabemos algo: Pedro lloró amargamente.

Su fracaso fue real.

Y aquí aparece una verdad importante para nuestra propia vida:

Nuestra historia no desaparece.

Cambiar no significa fingir que nunca ocurrió.

Las heridas existieron.

Las malas decisiones existieron.

Las oportunidades que perdimos fueron reales.

Quizás hubo consecuencias que todavía estamos enfrentando.

Pero existe una gran diferencia entre decir:

“Cometí un error”
y convertirlo en
“Soy un error.”

Entre pensar:

“Tomé una mala decisión”
y concluir
“No soy capaz de tomar buenas decisiones.”

Entre reconocer:

“Estoy viviendo algunas consecuencias de mi pasado”
y sentenciar
“Mi vida ya no puede tener propósito.”

A veces cargamos durante tantos años con una historia que terminamos convirtiéndola en nuestra identidad.

Nos ponemos nombres:

Incapaz.
Fracasado.
Culpable.
Rechazado.
No suficientemente bueno.
Demasiado tarde.

Pero volvamos a Pedro.

Después de resucitar, Jesús volvió a encontrarse con aquel hombre que lo había negado.

Jesús sabía lo que Pedro había hecho.

No necesitaba que alguien se lo contara.

Y aun así, no le dijo:

“Ya no puedo usarte.”

No le dijo:

“Me equivoqué cuando te llamé Pedro.”

En Juan 21, Jesús restaura a Pedro y vuelve a entregarle responsabilidad:

“Apacienta mis ovejas.” — Juan 21:17

Qué poderoso.

El fracaso de Pedro no desapareció de su historia, pero tampoco determinó su propósito.

Jesús no borró a Simón.

Lo transformó.

Y quizás nosotros necesitamos entender lo mismo.

No siempre podemos cambiar lo que ocurrió.

Pero podemos cambiar lo que hacemos con lo que ocurrió.

El dolor puede convertirse en empatía.

Una pérdida puede enseñarnos a acompañar a quien está perdiendo.

Un fracaso puede producir humildad.

Una mala decisión puede convertirse en sabiduría para tomar mejores decisiones.

Una etapa difícil puede ayudarnos algún día a decirle a otra persona:

“Yo también pasé por ahí. Ven, caminemos juntos.”

Tal vez aquello que durante años te hizo preguntar:

“Dios, ¿por qué permitiste que pasara esto?”

algún día pueda llevarte a descubrir:

“Ahora entiendo cómo puedes usar incluso esta parte de mi historia.”

No porque todo lo que nos ocurrió haya sido bueno.

Sino porque incluso de lo doloroso puede surgir algo con propósito.

Pedro no necesitó una historia perfecta para tener propósito.

Nosotros tampoco.

Por eso, esta semana quiero dejarte una pregunta:

¿Qué nombre te has puesto por lo que viviste?

¿Incapaz?

¿Fracasado?

¿Culpable?

¿Rechazado?

¿Sin futuro?

Quizás llevas tanto tiempo respondiendo al nombre que te puso tu pasado que has olvidado escuchar lo que Dios todavía puede decir acerca de tu futuro.

Recuerda las palabras de Jesús:

“Tú eres Simón… tú serás llamado Pedro.”

Entre el “tú eres” y el “tú serás” existe un camino.

Un proceso.

Crecimiento.

Caídas.

Aprendizaje.

Perdón.

Restauración.

Y nuevas oportunidades.

Así que no necesitas negar tu historia.

Aprende de ella.

Asume responsabilidad por lo que te corresponde.

Repara lo que puedas reparar.

Perdona cuando puedas perdonar.

Pide perdón cuando sea necesario.

Pero no construyas tu casa en el lugar donde un día caíste.

Sigue caminando.

Porque:

Tu historia explica de dónde vienes, pero no determina hacia dónde puedes ir.

Tu historia no desaparece.
Tu historia puede transformarse.
Y tu propósito todavía puede estar delante de ti.

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