
Tomaba decisiones, trabajaba sin parar, ayudaba a los demás. Desde afuera, todo parecía bien.
Pero por dentro… me sentía atrapada.
Atrapada en relaciones que drenaban mi alma.
Atada a la necesidad de agradar a todos — menos a mí, y mucho menos a Dios.
Pensaba que era libre. Que libertad era hacer lo que yo quisiera, sin límites.
Pero me equivoqué.
La verdadera libertad va mucho más allá.
Amarte, cuidarte, respetarte… eso es libertad.
Es dejar de castigarte por errores pasados.
Es mirarte al espejo y recordar que tienes valor.
Es darte permiso para sanar, para empezar otra vez.
Es poder sonreír en un día hermoso o llorar en un día difícil sin sentir vergüenza.
Es abrazar tus emociones sin miedo, entendiendo que no te hacen débil, sino humano.
Ser agradecida. Hacer el bien. Perdonar.
Todo eso… también es vivir libre.
No tienes que demostrarle nada a nadie.
Solo caminar en paz contigo, con Dios, y con los demás.
Un día entendí que la libertad no es lo que el mundo muestra:
🔓 No es hacer lo que quieras sin consecuencias.
🔓 No es vivir sin reglas.
🔓 No es simplemente no estar en una cárcel.
La verdadera libertad es vivir tu propósito, aunque pocos lo comprendan.
Es servir sin esperar nada.
Es hacer lo correcto, incluso cuando la tentación grita fuerte o cuando nadie te ve
¿Sabes qué es libertad?
Dormir en paz, sin remordimientos.
Eso no se compra. Eso no se aparenta.
Eso se vive.
La libertad no se mide por lo que muestras, sino por lo que sueltas.
No es libertinaje.
Es elegir lo bueno, agradecer, perdonar, y dejarte amar.
Y sobre todo, es entender que solo Dios puede romper las cadenas que nadie más ve.
🕊️ “Así que, si el Hijo los libera, serán ustedes verdaderamente libres.” — Juan 8:36
Hoy te invito a soltar.
A dejar de correr.
A vivir con propósito, con paz, con identidad.
Porque hasta que no solté… no conocí la libertad.
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